Una Huella Fugaz
Como en una película silente en blanco y negro te vi -me viste-; y dudé si eras vos -y dudaste-; y finalmente te reconocí -me reconociste- y te saludé -me saludaste-. De nada importa acá el orden verdadero de las cosas, si fuiste vos la que primero me vio, la que primero dudó, la que primero me reconoció o incluso la que primero saludó -que creo que fue así-. No se trata de hacer historia, o al menos no de ese tipo de historia. No se trata de la Verdad, o al menos no de ese tipo de Verdad. Se trata simplemente de la fugacidad, de ese instante -para mí- mágico en el que en una estación cualquiera de subte nos vimos, dudamos, nos reconocimos y nos saludamos. Usted se da cuenta, ni siquiera el lugar importa. Sólo importamos vos, yo, y los gestos hermosamente simples que nos unieron en la distancia.
Es verdad, debo confesarlo. Por un pequeño instante -una milésima de segundo casi, aunque no menos verdadera por eso- me apenó el hecho de saber que el reloj, el destino, la no coincidencia de elementos causales o lo que sea, nos había separado. Yo ya estaba sentado, acomodado. Usted parada, recién llegada. Los dos habíamos escuchado una misma bocina irritante que indicaba que las puertas ya se cerraban, pero los dos la habíamos vivido de manera distinta: para mí era la puerta que al fin se cerraba y el inicio de un viaje más con destino fijo y repetitivo; para usted era la bronca de saber que por unos segundos había perdido otra vez el subte y que debía esperar al próximo y acaso apurarse para llegar a destino. Destino, otra vez esa palabra. Pero ya no era el destino lo que nos había separado entonces. Era esa estúpida y aturdidora bocina que indicaba que la puerta se cerraba. Era esa estúpida puerta que tenía prisa y no podía esperarla. Era la aún más estúpida impaciencia de decenas y decenas de tontos como yo, siempre apurados, que ofuscados por la cotidianeidad y el hábito derrochaban sus energías en apurar a una ya demasiado rápida máquina perdiendo una de las tantas e infinitas posibilidades de que alguien como usted cruzara el umbral. Eran sólo diez pasos. Fueron sólo diez pasos los que nos separaron. Los que separaron la posibilidad de que el infernal viaje rutinario pudiera ser reemplazado por el placer de su bella compañía humana.
Y sin embargo, una unión más profunda triunfaba sobre la derrota superficial. Una unión que no necesitaba de palabras inútiles, de cortesías prefabricadas ni de gestos desgastados. Una unión frágil, delicada, fugaz. A la extensión se oponía la intensidad de un instante que ahora cada uno de nosotros podía estirar y hacerlo durar todo el viaje e incluso un poco más. Y entonces eso mismo que nos distanciaba, nos acercó. Sé que ahora lo arruino, volviéndolo palabras una vez más. Lo que no debió ser palabras y se transformó en un silencio frágil ahora es quebrado por aquello que no debió ser. Permítame excusarme entonces, darle una justificación.
Todo muere en el olvido o se pierde en la nada. El resultado es siempre el mismo: todo es fugaz y temporal, todo se desvanece. Lo que hoy amamos mañana morirá o nos rechazará. No es que quiera negarle valor a la fugacidad, nada más lejos de mi intención. Pero así como hay distintos instantes algunos son más felices que otros. Y ahora sí, haga el esfuerzo de entender. Lo que ayer viví fue un instante perfecto. Es verdad, un instante perfecto en el que no hicieron falta las palabras. Como no las hacen falta ahora. Pero un instante perfecto que merece ser recordado en otro instante imperfecto, y en otro, y en otro. No lo sé, creo que a eso le llaman nostalgia. Pero ¿cómo evitar buscarla, de ahora en más, en cada tren que se va o desde la ventana de cada colectivo que arranca?
No quiero robarle más tiempo. Quién dice. Por ahí está leyendo este cuento por la mañana, antes de tomar el subte y por terminar de leerlo llega tarde a la estación y escucha el horrible silbato y ve que se cierran las puertas, y entonces me ve, y duda si soy yo, y finalmente me reconoce, y sonríe y me saluda.
Juan Ignacio Martínez Kuhn.
Un Cuento de Ray Bradbury
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